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Viernes, 15 de Febrero Villa Gesell

Opinión | Columnistas

Juan Oviedo, pensador geselino

Juicios

Un juicio de valor es una definición muy personal, pues parte de un principio moral y como ya sabemos, tales principios son personales algo que no es necesariamente compartidos por todos, no hablamos del bien y del mal, de lo que esta bueno y de lo que esta malo, esto por lo general sí es compartido, pero a la hora del juicio que no es jurídico y si moral, las cosas cambian.

Por ejemplo, el ejecutivo del pueblo realiza algo deficiente, algo que no cumple con las expectativas de cierta gente, entonces, proferir el juicio de inútil, de inutilidad e inservible, de dirigir tales palabras al jefe comunal, ¿es pertinente?, de no hacer algo bien a ser caratulado de inútil muestra el salto, el hiato entre lo que sucede y su interpretación, porque si bien objetivamente algo no ha resultado como se esperaba, la aplicación de inútil, maligno ya es subjetiva, es personal.

Ahora, cuando la diatriba no sale de un vecino común sino de un dirigente del pueblo la cuestión adquiere ribetes relevantes, porque se pronuncia un representante de terceros donde ellos son arrastrados por la subjetividad mencionada, repitámoslo, un juicio es algo subjetivo y por lo tanto no compartible por muchos, el cuadro de situación sería que alguien en mi nombre dice algo que no he dicho y quizás ni siquiera pensado, otro usurpa mi voz, mi pensar sin mi consentimiento, por eso estoy ante un usurpador, ese que me representa me usurpa.

El hecho del fenómeno de estar ante alguien que usurpa no da derecho al usurpado a decir o acusar que tal persona es una ladrona y lo que representa tal definición para la sociedad, pues presentar a alguien como ladrón es demonizarlo, castigar y posicionarlo al ostracismo social, y ese sea el motivo de fondo de tanto vituperio que juicio de por medio se busca posicionar, condenar al enjuiciado.

¿Pero qué sucede si los juicios de esta característica en el pueblo se hallan naturalizados, donde todos son traidores, todos son corruptos, todos son inútiles, todos son ladrones?, el sentido inmoral de la denuncia ha perdido su condición, por el cual será imposible pensar en términos morales las acciones de su gente, entonces, ¿cómo determinar algo inmoral en un espacio donde la inmoralidad reina?, ella misma como denuncia se la ha anulado.

Imagine una sesión en el H.C.D. donde se va a sesionar a las acciones políticas del pueblo desde la órbita moral, ¿qué cree usted que sucederá?, ¡acertó! pues reinara la acusación de inmoralidad entre todos los representantes, no habrá ningún honesto, nadie rescatable etc., entonces, ¿cuál será el destino de un pueblo donde sus dirigentes desde el punto de vista moral son enjuiciados de inmorales?, donde el propio representado caer por haber puesto a inmorales a versar sobre intereses comunales.

No hay una liviandad en el juicio inmoral sino que se trate de una práctica desde una idiosincrasia instalada donde el vituperio, el trepar desprestigiando al otro, el conspirar contra terceros son formas corrientes de entender la acción política, y paradoja de por medio ¡cómo una disposición a lo público pueda quedar fuertemente devaluada por la acción de las subjetividades que enjuician!, y la pregunta para cerrar la discusión surge natural, porque hacerle decir cosas a terceros cosas que no dicen, eso ¿cómo sería?....

La representación conlleva esas cuestiones

Juan Oviedo, pensador geselino

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