Mueren hijos, en esa otra guerra que es la vida misma, antes que los padres. Inseguridad con secuestros, tragedias sùbitas como en Romina Yan , embarazadas en donde la esperanza hecha carne en su cuerpo como hijo "viniente" en Carolina queda abortada . Llamada, entonces a la ausencia , a partir , a la venganza, al sordo resentimiento, a la melancolía sin fin . Es que la filiación es el misterio mismo de la vida. Entre las tres generaciones se desata la vida en toda su profundidad. Felices los que hoy pueden vivir la experiencia de haber tenido abuelos y padres en su trànsito como hijos.
Cuando muere un hijo la vida cambia para los padres.¿ Es elaborable ese duelo?.Pero también la vida cambia cuando un hijo no conoce a sus padres. Entonces nos podemos preguntar como se puede metabolizar esa situación. O si se puede. La vida en sì misma es transmisión y Hegel dirà en el Discurso de Jena que la cultura es solo aquello que sucede entre el trìo abuelos, padres e hijos. Estos son la metàfora de una transmisión sin fìn de notas de vida , sentidos, orientaciones y/o dolores, traumas, imposturas o hipocresías.
Los hijos cuando mueren antes que los padres son un doble dolor: parece ser la partida anticipada de nosotros mismos como si muriera una parte nuestra y porque paradójicamente se aborta nuestra trascendencia. El hijo resulta ser un signo de nuestra inmortalidad terrestre. En èl depositamos la pervivencia. Unamuno el "Sentimiento trágico de la vida" nos enseña que "el universo visible es hijo del instinto de conservación : eternidad , eternidad ese es el anhelo". La eternidad terrestre la colocamos en nuestro hijo. Acà en este mundo.
NUESTROS TESTIGOS
Los hijos son nuestros testigos . Sartre decía que "sin testigos nos evaporamos". Testigos de nuestro debe y nuestro haber. En familias sanas depositamos en ellos màs nuestro haber. Invertimos emociones y ética que transmitimos cotidianamente para que se acreciente ese haber. Asì el hijo es esperanza y proyecto para posibilitar que se pueda transformar en un sujeto autònomo . Por otro lado en familias enfermas el hijo es nuestro dèbito colocado con ensañamiento en su futuro.
Entonces no podrá crecer y será el testimonio vivo de lo peor de nosotros mismos pero visto desde el espejo del otro. En el primer caso fomentamos el pacto generacional para la vida y para que la vida transcurra en la eternidad que proclamaba Unamuno. En el segundo caso se anuncia el pacto criminoso en donde el hijo muere o vegeta por la vida siendo la fotografía en negativo o la caricatura de los progenitores.
Por esto mismo Aristoteles decía que nuestro hijo es recuerdo de nuestra infancia ; y al ser recuerdo es testigo de nuestros balances vitales. Proyectamos en èl nuestros desvelos y nuestra esperanza. La muerte, en estas circunstancias, es un absurdo que se instala en . Jlucha agónica y cotidiana que es el vivir mismo pero la tragedia que anuncia la muerte ya decretada nos instala en el vacìo del ¿ para què todo?.
En todo esto hay un fondo mìtico , querramoslo o no, ya que somos tributarios de la tradición judeo-cristiana y èstas instalan en el Hijo-Mesìas la promesa de la bienaventuranza y la salvación. Son las llamadas religiones de la Promesa. Lo mejor està por-venir. El hijo lo hará....
Pero la muerte misma es un misterio e incluso desde ahì nacen las filosofìas (Hegel dirà que nos acerca a la sabiduría), la ética y como situación lìmite nos llevarà, si nos atrevemos y podemos, a un replanteo de nuestras vidas.
DR. JUAN ALBERTO YARIA
DIRECTOR DEL INSTITUTO DE DROGADEPENDENCIA
UNIVERSIDAD DEL SALVADOR