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Martes, 27 de Octubre Villa Gesell

Opinión | Comentarios

EL DELIRIO EN LAS CALLES Y LA MUERTE DEL POLICIA

 “…una parte de la humanidad se halla a la “intemperie” con una gran “ceguera” de los que ven”


 (Raúl Mota-en memoria a un amigo filosofo muerto por COVID) 


2 seres a la intemperie, el policía muerto y el victimario en furia delirante. La calle como escenario; el sufrimiento como tragedia. Duele la escena en el funeral en donde hasta el caballo en el cementerio debe ser consolado por su Jefe cuando el muerto es desplazado con todos los honores.


  Existe la alienación, evidentemente,como perdida del juicio de realidad. No es un delincuente el que mató a un policía ejemplar. Es alguien que padecía una enfermedad en donde el delirio ya había tomado posesión de su personalidad y la paranoia explotó en un impulso homicida. Estaba sin tratamiento decía la madre.


La Ley titula que hay personas con riesgo para sí y para terceros por padecimientos mentales. El era uno de ellos. Deambulan por las calles, están bajo los puentes, en las esquinas de tus casas, etc. El asilo, hoy, parece ser la calle. El 5% de ellos es victimario; y el 95 % es víctima de otros.


 Fenecido el manicomio solo quedan las guardias o algunos pocos servicios públicos en donde la entrada es seguida de una salida rápida con dosis de tranquilizantes como compañeras del sufriente. El que no se sabe -de ahí el delirio- saldrá sin saber nada de él. Solo recibe una “pócima” de remedios que lo calmará por un momento y en el 90 % de los casos no va a la segunda consulta.


 El que sufre vive dentro de una “puerta giratoria”; entran y salen de una guardia, pero el dolor interno proyectado por muchos en la sociedad sigue presente y se reactiva cada vez más un impulso vengativo y/o autodestructivo.


 Si se consumen drogas, en otros casos, se agregan al delirio (delirios tóxicos) un componente aún más explosivo con la caída de todos los sistemas cerebrales superiores corticales de autocontrol de impulsos. 


En plena expansión de patologías graves (psicóticas y adictivas) y con la pandemia como telón de fondo que incrementa esta tendencia seabre un panorama de crisis de los sistemas de atención. Los pacientes con alteraciones graves concurren menos a centros de asistencia ambulatoria y la tele -consulta en dolencias con alto sufrimiento y explosión impulsiva muestran sus límites.


Así como la encarnación de un maestro en el aula no puede ser superada por el “zoom” ya que la vivencia y la presencia de los compañeros y de la autoridad del docente es fundamental lo mismo parece ocurrir con los afectados por problemas serios de personalidad. La tele consulta parece no funcionar en pacientes que no tienen conciencia de enfermedad. Además, se discontinúan los tratamientos y los pacientes temen concurrir a centros que sí realizan tratamiento presencial.


LOS TRATAMIENTOS 


Las ausencias a la segunda consulta son continuas y además son necesarias las intervenciones de los familiares para que se inicie un proceso terapéutico. El cambio necesario es fruto de una larga conversación y en muchos casos de medicación adecuada creando una vinculación afectiva que posibilite, precisamente, este cambio.


Nuestro paciente en cuestión que realizó un acto homicida delirante requería atención psiquiátrica urgente y quizás una internación (el riesgo para sí y /o para terceros lo señala el marco legal con la intervención de la Justicia como marco de respeto de los derechos). Además, hayhospitales de día y noche, casas de medio camino, centros de salud mental, hogares protegidos, etc.


 ¿Hay profesionales que se sienten intimidados ante el marco legal y habrá otros que al ver la gravedad la niegan con supuestos teóricos y se llaman a silencio?; errores comunes hoy, aunque la presencia del Juez es la garantía de la libertad. El paciente, en cuestión, en estado de delirio no era libre sino esclavo de sus certezas fuera de un cierto sentido de realidad.


La familia del paciente que mató a Juan Roldan lo mencionò con el rotulo con un estado de alteración mental (llevaba cuchillos, estampitas de santos, crucifijos, cáliz de misas, revistas y un pistolón del siglo XVII). ¿Qué pasaría por la mente de él?; ¿Qué representaría en su delirio la imagen de un Policía?


Solo un terapeuta, un psiquiatra y quizás una institución contenedora se enterarà con trabajo de dialogo y confianza rescatada la historia de este desvarío, su historia personal, sus padeceres, traumas. Mientras tanto la sociedad se cobró dos muertos.


REVALORIZACION DE LOS MARCOS TERAPEUTICOS


El médico no es el emergente de una “microfísica” del poder como querían ciertos teóricos de los 60 de la antigua antipsiquiatría.  El Instituto especializado en psiquiatría reemplaza al manicomio, las instituciones se han reconvertido desde el auge las comunidades terapéuticas, nació la terapia familiar, la neurociencia revolucionó el estudio de la mente, la psicoterapia se adaptò a estas alteraciones psiquiátricas, la psicofarmacología permitió avances inusitados; en fin, no “somos vigilantes “del Poder los profesionales de la Salud como quería una versión “trasnochada” de mediados del siglo pasado. Esto “prendió” en algunos en la Argentina, aunque la realidad desmiente todos los días esto. Miles quedan a la “intemperie”.


 El delirio parece surgir de un sufrimiento que clama por una rehabilitación, no ganamos nada idealizando al que padece un delirio como un revolucionario -proletario desclasado que clama por justicia; mientras nos olvidamos de un padecimiento que genera daños a si o a terceros y fundamentalmente del que padece. 


Etimológicamente delirar viene de arar; delirar es salir del surco del arado con relación al sentido de realidad, salirse de una línea, desviarse. En la persona que delira hay intuiciones, ilusiones, exaltación imaginativa, interpretaciones con un “idiolecto” (lenguaje privado) que se aleja de las convenciones lingüísticas, convicciones subjetivas, grandes certezas que no pueden ser cuestionadas por la lógica y la experiencia. 


Pensemos que el paciente llevaba cuchillos, una pistola y otros amuletos; o sea todo basado en una peculiar interpretación privada con certezas irreductibles y una pasión paranoica impulsando el exterminio del enemigo imaginario. Todo basado en un pensamiento confabulatorio. 


El mundo, para el que delira, súbitamente cambia de sentido en una verdadera “despersonalización y de vivencia de fin de mundo”. Un Apocalipsis subjetivo en la búsqueda de un enemigo.


Cayó un policía y un paciente que necesitaba tratamiento. Dos a la “intemperie” con una gran “ceguera” de los que supuestamente ven como decía el querido y desaparecido filosofo Raúl Mota.

Dr. Juan Alberto Yaría, especialista en drogadependencia

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